
Con la irrupción de las clases sociales y el Estado y, por tanto, de la explotación y opresión de un grupo social a manos de otro, las formas comunistas y “antiautoritarias” de relacionarse se ven reducidas y sistemáticamente atacadas, pues se encuentran en franca contradicción con la existencia misma de una sociedad escindida en clases, fundada en la alienación humana respecto a su producción material y su conciencia. Especialmente, en el sistema clasista capitalista -que actualmente padecemos- la solidaridad y cooperación se ven fuertemente disminuidas por el enaltecimiento de la competencia y el individualismo egoísta, pues estos últimos son fundamentales para la continua acumulación de capital en manos de la burguesía, lo que a su vez repercute en una cada vez más intensa explotación de la fuerza de trabajo humana (del proletariado) y mayor destrucción del ambiente en el que transcurren nuestras vidas.
A pesar de esta permanente represión directa y/o “invisible”, las clases explotadas y oprimidas, que siguen de forma velada conservando las relaciones comunistas en muchos momentos de su vida cotidiana, y que son las verdaderas constructoras de toda obra humana, se han levantado -en distintos lugares y momentos históricos- contra la imposición de estas condiciones alienantes: se han constituido en movimiento real que subvierte las condiciones existentes, aunque no han logrado, por distintas razones (que deben ser profundamente estudiadas y discutidas), hacer perdurables y/o extender sus triunfos. De todas formas, lo que nos demuestran estos alzamientos y procesos revolucionarios, es que el comunismo existe hoy, difuso, en potencia, dentro de la sociedad de clases. De ahí que hagamos mención a un “comunismo difuso”, en contra de aquella visión mecanicista que eleva al comunismo a la categoría de paraíso idílico, alejado históricamente de nuestras vidas. Nosotros lo entendemos como una posibilidad y necesidad real, hoy.
Pero tampoco hacemos apología a su actual grado de atomización. Al contrario, lo reconocemos ahora, encarnado en proyectos parciales, pero comprendiendo que la única forma de extenderlo es reforzarlo y transformarlo en fuerza concreta y hegemónica, construirlo en acción conciente de las clases explotadas y oprimidas, en lucha directa contra el capital y toda forma social clasista.
Lo que diferencia esta concepción de una versión afirmativa, celebratoria y en definitiva “posmoderna” del comunismo, es que postulamos la necesidad de que desde los distintos niveles de expresión actual, necesariamente dispersos y esporádicos, del movimiento comunista, se pase al ataque. Tal es el criterio diferenciador del comunismo revolucionario, en oposición a concepciones más light de una serie de actos de seudo-comunización en convivencia pacífica con el poder. Esto no es mera poesía ni apología de la violencia en tanto mera forma, sino que es la reafirmación del contenido del viejo programa comunista que ya en 1848 hacía explícita la necesidad de trastocar y derribar violentamente el orden social capitalista. Esta concentración y desplazamiento de fuerzas para la liquidación del Estado y las clases es al mismo tiempo la afirmación del comunismo. Luego del momento negativo de destrucción del viejo orden, se plantea el interesante problema de la mantención de una vida comunitaria en que las funciones administrativas no se separen en un nuevo tipo de poder, en que se disuelva la política como esfera especializada. Es en este sentido que, de nuevo, concebimos a la comunidad humana como “difusa” en el sentido de anti-política (o post-política), en que los poderes están difuminados por todo el cuerpo de una comunidad humana consciente y auto-determinada.
En definitiva, reconocer de una manera no conformista ni celebratoria las expresiones actuales de un movimiento comunista siempre presente, se torna fundamental para proyectar el enfrentamiento revolucionario con el capital y el estado sin caer en etapismos reaccionarios que se suelen imponer desde estructuras orgánicas de herencia e influencia social-demócratas (y sus respectivas concepciones ideológicas). Así, la promoción de ciertas características de determinadas experiencias de lucha proletaria, tales como la autonomía respecto a los aparatos políticos y sindicales, la profundización, radicalización e integralidad de la crítica, entre otras, constituye la principal tarea de las minorías revolucionarias, incitando constantemente a la autoclarificación teórica y al desarrollo de métodos de lucha coherentes con perspectivas auténticamente revolucionarias. Remecer las bases del capitalismo en sus relaciones cotidianas y de producción/reproducción material de la vida, preparándonos para el inevitable conflicto con las fuerzas represivas de la burguesía y todas aquellas que defiendan el viejo orden, he allí en donde se centran los esfuerzos de quienes nos posicionamos por el comunismo y la anarquía.
*Texto extraído de la revista Comunismo Difuso
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